
LA CUECA EN LA LITERATURA
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LA OSCURA VIDA RADIANTE
(p·gs 21-22)
Y llegó un momento en que se levantó, pidió a una muchacha que lo acompañara y se puso en facha, pañuelo en mano, una vuelta redonda y qué hubo, girando en lo alto el pañuelo no muy blanco, se encaró a la muchacha, ¿y ahora? , ahora ahora, ahora se hace que llora, date la vuelta, diablo, iban y venían, mirándose de lejos y a la pasada, invitándose, ¿ah?, sigue la danza, sigue el vaivén, baila la cueca, báilala bien, y ya no paró, pareciéndole que iba acercándose a algo, no a la embriaguez, a la borrachera, aunque también a eso, sino a un punto en que algo se uniría a algo, el ser a la conciencia o al conocimiento de sí mismo, no como se era. malvestido, sucio, desamparado, sino como se podía ser, como se debería ser, alegre, seguro, fuerte, victorioso, surgiendo a la luz de otro sol, no del que aparece todos los días y muestra a todos cual son, sino a otro que alguna vez podía alumbrar o alumbraba en ese momento, no para todos, sólo para aquellos que de algún modo o por algún motivo podían surgir en la cumbre, girando, animados por la voz y el canto y el tamboreo en la guitarra, llevados a la seguridad y a la alegría; era lo que advirtió antes en otros, lo mismo que quizá llevaba a todos los hombres a embriagarse, saliendo así de la eterna miseria y de la sempiterna mugre hacia ese alto sol, un sol que sólo alumbraba breves instantes y nada más que para algunos; el comisario, por ejemplo, jamás habría visto o vería ese sol, tampoco sentiría aquella fuerza, aquella alegría y aquella victoria; bebía, comía, hablaba, reía. alababa a unos y a otras, pero ahí se quedaba, sin conocer la unión de lo que se es con lo que se podría o debería ser; sería siempre tal como era, alto, rubio, pecoso, ex comisario, y no como debería ser o como podría llegar a ser; cada uno de los que se hallaban ahí, los que vinieron y se fueron y los que se fueron y volvieron, estaban reducidos a sí mismos y sólo se unían a los demás, si podían llegar, a ese punto, a esa altura donde el amor y la amistad aparecen limpios, fieles y profundos, no para todos, pues a algunos se les empaña la capacidad o posibilidad de llegar, quiéreme porque te quiero, plumita de zorzal, comiéndose las consonantes, fundiendo una vocal con otra y transformando las zetas en eses. ¡Se lo advertí, Aniceto; ahora, por favor, váyase de mi casa!; se apagó el sol y volvió a ser lo que era.
HIJO DE LADRÓN
“…mientras miraba, una canción empezó a brotar de algún rincón del calabozo. Una canción cantada en voz baja, con entonaciones profundas y graves, con una voz alta, una voz que dominaba a las demás al empezar el verso de una estrofa, y que era, en seguida, dominada por las otras, que la envolvían, se mezclaban a ella y la absorbían hasta que, de nuevo, brotaba, como viniendo de muy lejos. En el principio de la siguiente. Se escuchaban como las notas de un piano y sonaban como de noche y en una calle solitaria y dentro de una casa cerrada. Las palabras y las ideas eran sencillas, casi vulgares, pero el tono y el sentimiento con que eran cantadas les prestaban un significado casi sobrecogedor. Gire la cabeza: en un rincón distante, tendidos los cuerpos como alrededor de un círculo, las cabezas inclinadas y juntas, el grupo de muchachos cantaba. Mire sus rostros: habían sufrido una transformación; estaban como dominados por algo surgido repentinamente en ellos algo inesperado en esos rostros que no reflejaban sino sensaciones musculares. ¿Era tristeza? ¿Era el recuerdo de sus días o sus noches de libertad? ¿Quizá aquello traía a sus almas algo que no les pertenecía y que solo por un momento les era concedido, apaciguando por ese momento sus reflejos, primordiales? No habría sabido decirlo si lo sé aún, pero aquello me confundió, como se confunde quien advierte en un feo rostro un rasgo de oculta belleza o en los movimientos de un hombre derrotado un detalle que revela alguna secreta distinción.
El calabozo había enmudecido y la canción se extendía con gran nitidez, no perdiéndose ninguna de sus notas.”
Manuel Rojas “Hijo de Ladrón”. Cárcel de Valparaíso en 1900
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Nicomedes Guzmán.
La sangre y la esperanza (1934)
Por las aceras, la humanidad del suburbio desparramaba su fatalismo sin manos de luz para contener una esperanza: mujeres panzudas, rodeadas de chiquillos descalzos, piojosos, con mantas de saco; borrachines que dorm'an con la cabeza puesta sobre sus propios vómitos, con el vientre a la vista; jugadores de chapitas tintineando monedas entre las manos sucias; grupos haciendo rueda a una pareja que cuequeaba, al son desafinado de una guitarra rota y del voceo hueco de una cantora ebria:
Para qué me dijiste
que me querías
que sólo con la muerte
me olvidarías.

Cárcel de Niños 1900
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Joaquín Edwards Bello.
El Roto (1920)
(Prólogo del autor para una segunda edición.)
Se trata de la vida del prostíbulo chileno, que tuvo un sentido social profundo, por la constancia con que influyó en el pueblo y por el carácter aferradamente nacional de sus componentes. En pocas partes de Iberoamérica tuvo el pueblo una manifestación tan personal. La vida alegre chilena extravasó triunfalmente a Bolivia, Perú y otros países del Continente. Pueril sería hacer ascos a este fenómeno de vitalidad.
Ahora que se cerraron esos salones donde las asiladas sonreían ceremoniosamente; ahora que se apagaron esas cuecas tamboreadas, este libro adquiere un valor especial de documento. Es una reconstrucción apasionada de vida popular que se extingue...
Los cuadros crudos de El Roto , vienen a ser como esas fotografías de fieras que los turistas toman de noche en plena selva. El autor sorprendió las actividades íntimas del pueblo chileno en su fatal obscuridad, con luz de magnesio............ La primera parte sde esta novela se publicó en París, en 1918, en la librería Rosier con el título de: La Cuna de Esmeraldo . La edición completa se publicó en Santiago, en 1920, en la Librería Bindis..
A la siga de esta pluma han aparecido débiles antítesis, no por débiles y mediocres menos tartufas y calculadoras, pero el público -supremo juez-, las ha rechazado volviendo siempre a este cosmorama intuitivo del pueblo chileno.
J. E. B.
Cap. V / Pag. 24
Cuando el salón rebosa de gente, aparece Clorinda envuelta en un chal, luciendo con orgullo su exuberancia de embra fecunda y amante. Algunas veces la acompaña Violeta. Pasa con majestad en medio del ambiente turbio del tabaco y el alcohol. Los piropos la asedian. Cuando la comparan con su hija, se siente feliz. Violeta se le parecerá. Tiene como ella la piel de terciopelo, los dientes albos y el mismísimo lunar picaresco en la nuca... ¡Ese lunar que es como un talismán misterioso!.
Subiéndose las mangas, cual lo hace ante la batea, descubriendo sus brazos rollizos, castiga al viejo piano, entonando al mismo tiempo con voz lánguida la cueca de moda, que trae transtornado al barrio:
El canario es muy bonito
Ay señorá!.
Tiene las plumas doradas,.
Señorá!...
Las parejas empiezan a bailar esgrimiendo el pañuelito..
.Cuando muere el último acorde del piano, avanza la criada con los vasos.
A las dos de la mañana la borrachera es general; esa borrachera violenta y escandalosa que producen las bebidas gruesas.
El prostíbulo parece poseído por un demonio gritón y pendenciero; un álito de locura pasa zumbando por esas cabezas caldeadas que amenazan estallar o desplomarse. Algunas mujeres lloran sin razón; otras se revuelcan con atroces convulsiones, gritando cosas sin sentido. Al patio salen sombras vacilantes que se inclinan con ademanes primitivos para satisfacer una imperiosa necesidad natural; el aire de la noche parece caer sobre ellas como un rayo; el fresco áspero y penetrante las aniquila; tienen que hacer un violento esfuerzo para volver al salón, donde el calor, la música, la confusión, vuelven a arrastrarlas en su engranaje.
Las disputas y grescas no se dan tregua; por un sí o un no, esos hombres que el alcohol hace de una susceptibilidad extraordinaria, se van a las manos; las niñas corren a llamar a doña Rosa, pues saben lo que degeneran esas discusiones entre hombres que llevan cuchillo, que desprecian su vida y no son dueños de sí mismos...
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Conventillo en Valparaíso 1900 |
González Vera
"Vidas Mínimas" (1923)
El condenado del zapatero saca a bailar a Juana. Los movimientos tienen la mímica de la persuación y la fuga. La mujer aparece y el hombre se conmueve. De repente, ella, al sentirse codiciada, humilla sus ojos y su paso adquiere ritmo de fuga. El hombre vacila, pero, inspirado por el deseo, la acompaña con su atención y baila en torno a ella, cerrándole todo camino. La mujer acelera el paso y su rostro expresa desdén. Un enardecimiento creciente se apodera del bailarín y hace filigranas con la punta de los pies. Quiere impresionarla por la vía de la gracia. Sus gestos cada vez más desordenados tienen algo de súplica, y su mirada, fija en ella, es insistente, fascinadora. Cómo le brillan las pupilas. Y a cada vuelta casi la roza o arquea sus brazos y, tomando su pañuelo, con ambas manos la conduce dentro de un círculo. La mujer ya no huye tan de prisa. Sus rodeos son más lentos. Se siente asediada, ha resistido, pero ya su voluntad se disgrega. La insistencia masculina va entrando como orden en su corazón. Su faz se ablanda y ruboriza. El varón, al verificar el nuevo y vencido gesto de la mujer, se siente colmado por una alegría salvaje, se yergue, sus brazos se alzan y remolinean y su danza se hace tumultuosa. La rodea, la impregna con su aliento, la reverencia y se contiene. Podría tomarla, podría acariciarla, podría llevársela. La mujer ya no teme. El mismo deseo del hombre está en su pecho y aguarda... hasta que súbitamente, en la última vuelta, impulsados por un sentimiento igual, se precipita uno sobre el otro con los brazos temblorosos y abiertos
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Víctor Domingo Silva (1882-1960) .
El Acordeón
El casamiento fue, con cortas diferencias, como todos los que se celebran en la Pampa entre la gente de pueblo. Por tratarse de la hija única de un antiguo obrero de la oficina, y, además, de un compatriota, el administrador se dignó honrar el acto con su presencia durante breves momentos. Asistieron también los empleados de la pulpería. La tertulia se inició un poco solemne; durante varias horas no se permitieron más que bailes serios, pero el entusiasmo generalizado exigió del dueño de casa que autorizase la cueca, y esto quiere decir que hubo un cambio completo de programa.
(...) Penas sufre el limosnero
que anda solo y sin amparo
y penas sufre el avaro
que le niega su dinero...
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