Artículos y Entrevistas

El 28 de septiembre se cumplieron 70 años del nacimiento de Víctor Jara.
Mario Rojas. Publicado en "Culturachile" / Sept. 2002

¿Cómo sería Víctor si lo tuviéramos entre nosotros? ¿Sería un viejo mago, un admirado profeta, un cantor iluminado? ¿un académico? ¿un burócrata de las artes? ¿un "comunicador"? ¿un agregado cultural? ¿un político? ¿un productor televisivo? Qué bien nos haría esa mirada de Víctor en la tele.

Seguiría llenando al país -al mundo- de música, teatro, danza. Seguiría inteligente y comprometido. No lo imagino de otro modo.

No tenemos a Víctor Jara, por lo que nunca sabremos qué sería de él si hubiese sobrevivido a las balas y a la irracionalidad de ese fatídico septiembre.

Vamos cerrando heridas. El juicio sobre la muerte de Víctor ya no hará noticia desde Los Tribunales de Justicia. Su caso hoy es más del ámbito de las estadísicas, que de los hitos históricos. Y es natural, hubo tanta muerte en esos días. Cuantos ni siquiera recuperarán los restos de sus seres queridos, nunca. Victor Jara al menos tiene una tumba.

Se le han hecho todo tipo de homenajes, discos de artistas nacionales e internacionales, libros con su música, emotivos documentos audiovisuales, muchas piezas teatrales, miles de canciones en todo el mundo dedicadas a su persona, afiches, poleras, un festival de las artes que lleva su nombre en Chile y muchos otros en el resto del mundo, se ha hablado de una película inglesa sobre su vida, existe una Fundación Víctor Jara que desarrolla un trabajo permanente en su memoria...
Todo, enumerado, pareciera ser mucho y puede llegar a sorprender.
Sin embargo yo me pregunto: ¿Será suficiente? Porque a pesar de tanto homenaje su nombre suena menos familiar a la mayoría de los chilenos actuales, que el de Axé Bahía, por poner un ejemplo estúpido, dentro de la música popular.

El día que Andrés Pérez -otro que echaremos de menos- dirigió una especie de ceremonia chamánica, plena de color y manifestaciones artísticas para exorcisar el estadio donde se vió a Víctor por última vez con vida, poca gente se enteró. Más bien, fue noticia poco trascendente. A pesar de que vinieron grandes invitados internacionales y se hicieron ceremonias simultáneas en diferentes puntos de la Tierra. Eran los primeros años del retorno a la democracia y tal vez la auto-censura de los medios de comunicación era más acentuada que en nuestra época.

En ese Estadio Chile, que hoy lleva el nombre de Víctor Jara, el poeta creó sus últimos versos, los que aprendieron de memoria sus compañeros de cautiverio. Quienes salieron con vida se la llevaron al exilio, palabras que cantamos o leimos emocionados mientras constatábamos con dolor y furia que el hermano cantor ya no estaba con nosotros, porque habían tomado su vida, por cantar. ¿Seremos capaces de proyectar claramente el peso de aquella afirmación?: a este artista joven, valiente, en la cima de su carrera, lo mataron, luego de torturarlo, "por cantar".
Por estas calles de Santiago del 2002, donde una especie de "hombre nuevo" se desplaza influenciado hasta la médula por la cultura empresarial "micrera", teñido de furioso amarillo, con el acelerador a fondo, peleándose al pasajero, al cliente, al votante, Víctor parece una memoria difusa.
Para quienes admiramos su imagen y su obra, él está al final de cada avenida, gigante y luminoso. Pero el "hombre nuevo" chileno no lo ve, es muy probable que ni siquiera conozca su nombre.
Yo sostengo que los homenajes póstumos que ha recibido Víctor Jara están lejos de ser suficiente.
Hubiese sido justo y legítimo que las autoridades entregaran la administración del Estadio Víctor Jara a la fundación que lleva su nombre. Pero pareciera que ésa ya es una aspiración sin futuro, según expresa una carta reciente que he leído de su viuda, la esforzada y leal coreógrafa Joan Jara.

Algún día el estadio deberá tener una plaza en su frontis y una estatua de Víctor con su guitarra. Para eso será necesario corregir un inconveniente error urbanístico y despejar el espacio al frente, demoliendo el feo edificio que lo oculta y le quita la vista hacia la Alameda. Lo natural sería que ese estadio estuviera mirando a la Avenida y no arrinconado como ha estado desde sus orígenes.
Sin embargo, aquello puede demorar sus buenas décadas, ya que la construcción que lo arrincona tiene apenas unos doce años, desde que reemplazó malamente a la original e histórica Galería Edwards -que quedó a mal traer tras el terremoto de 1985. Sin descartar los millonarios costos que involucraría, principalmente la compra del terreno y demás proyecciones urbanísitcas. Pero superando todos los costos involucrados así sucederá algún día, porque la presión internacional, la historia, lo exigirán, no tengo duda.
Ahora, es necesario adelantarnos, ser vanguardia -como lo fue Víctor- desarrollando una etapa urbanística previa, que nos asegure que aquel punto recordará al poeta para siempre, para las generaciones futuras, para las visitas extranjeras, para nuestra propia necesidad de recibir su energía y seguir imaginando a Chile.
Una primera fase del proyecto debiera contemplar abrir los locales de la galería hacia el callejón que enfrenta el estadio e instalar cafés y librerías con mesitas hacia el exterior, aprovechando su calidad peatonal.
Será necesario hacer proyecciones de costos que involucren mejorar la iluminación, la seguridad y la reactivación nocturna del sector, plantearse una verdadera remodelación, que lo convierta en el barrio Víctor Jara, a un lado de la estación Víctor Jara (hoy ULA). El lugar está a cuadras de la Universidad de Santiago, por lo que hablamos de un barrio universitario, que necesita un centro de interacción para jóvenes e intelectuales. ¿Por qué no, si esa era la universidad donde trabajaba Víctor hasta ese septiembre del 73?
¿Donde están los contemporáneos a Víctor, que en los setenta vibraron con su voz, aquellos que en el exilio sintieron el estremecimiento y la constatación irrefutable que una canción podía más que muchos discursos? ¿Dónde están aquellos jóvenes, incluso en la derecha, que en sus tiempos universitarios descubrieron que haber tomado la vida de un cantor había sido el peor error, la barbarie más insensata de la milicia ideologizada?

Es imprescindible hacer todo esto por una razón fundamental: nunca, pero nunca más en Chile -ni en el mundo- se eliminará a un hermano por cantar, por decir lo que piensa con su voz y su guitarra. Menos a alguien que lo hacía de manera tan magistral, alguien que recogía la esencia, la savia de nuestra identidad como nación y nos la devolvía hecha canciones, obras teatrales, gestos, miradas de nosotros mismos. Por esa razón son poco los homenajes, por eso debemos luchar para reconstruir la imagen del genio, del artista que nos iluminó y nos sigue iluminando, que nos da prestigio en el mundo, con su voz, con su consecuencia, con su estatura valiente y digna de cantor chileno y universal.

Volver a Artículos y Entrevistas