invitado especial: ALVARO HENRÍQUEZ
La cueca vive un momento estelar, como manifestación del arte y la música popular. Son muchos los grupos compuestos por jóvenes, con talento instrumental y vocal, que la interpretan seriamente. Particularmente la cueca urbana. Hay entusiasmo y convicción de estar frente a un género cuya correcta ejecución musical implica todo un aprendizaje, que es parte de una tradición profunda enraizada en la historia y que cuenta con un público, en ascenso
Se han superado los poco exigentes esterotipos que en otra época, sometieron a la interpretación musical de la cueca a un mero examen de chilenidad, en perjuicio de una estética musical digna.
En ese favorable contexto histórico nace esta producción de Los Tricolores, jóvenes cantores que brillan con luz propia, que reproducen con incomparable fidelidad la cueca más tradicional: la chilena, la cueca brava, de los conventillos y casas de remolienda del siglo XX, la de las chinganas del siglo XIX. En estas cuecas se advierte el alma del roto chileno, el que construyó caminos, puentes, lineas ferreas, taladró las minas, que estuvo en los “trabajos grandes” con su estatura aguerrida y libertaria.
Luis Castllo, el director, tiene una capacidad innata para la composición, sus fraseos melódicos y sus letras son muy originales, sin alejarse de la tradición. La voz de Carlos Martínez (Carlanga) tiene el timbre y la calidad interpretativa del gran maestro Mario Catalán (un referente para muchas generaciones), Sebastián Vega, que también compone, brilla por su disciplina y capacidad interpretativa en el bajo, sin desmerecer la limpieza y afinación de su voz. El aporte de José Antonio Osses (Joselo) en el piano y en el canto es pieza fundamental de la estructura armónica del grupo. Eduardo González es un joven silencioso y melancólico que sabe infundir en las cuecas la medida justa de la escala y el arpegio cuequero en el acordeón.
No podía ser menos que el maestro Hernán Núñez quien introdujera a Los Tricolores por la puerta ancha a las ruedas de antiguos cantores, en reuniones sociales y picadas de la Estación Central, “las canchas” del viejo poeta popular.
Coincidieron felizmente con el actor Daniel Muñoz en tiempo y espacio, en inolvidables veladas de la bohemia arrabalera santiaguina, cada cual buscando, a su modo, la belleza del canto y la trascendencia de los versos. Y se hicieron inseparables. Por eso tienen un mismo estilo de cantar, por eso comparten el mismo repertorio, la misma pasión, la misma vitalidad que palpita en las voces, al ritmo de antiguas batallas.
Una vez en el estudio, se les unió nada menos que el destacado músico Alvaro Henríquez, otro que ha recorrido estos senderos: buscando, descubriendo y sembrando semillas de sus propios hallazgos. Que ha cosechado, en justicia, respeto y admiración de sus pares.
No podemos dejar de mencionar el valioso aporte, en más de un tema, del talentoso Ignacio Hernández, importante cuequero de su generación, a sus 26 años todo un maestro en el acordeón y el piano.
Así es como se construyó esta extraordinaria obra de la música popular, que contiene un fuerte componente de tradición, en las bellas y poderosas voces de Los Tricolores y Daniel Muñoz, matizado con las sonoridades vanguardistas de una guitarra eléctrica, y un timbre de voz reconocible en los territorios del rock nacional (A. Henriquez).
Me permito imaginar que este puñado de canciones ofrecen claves claras, a ratos virtuosas, siempre honestas, a futuras generaciones de músicos cuequeros, desde este tiempo de reencuentros y cruce de fronteras que nos toca vivir.